Vivimos en un mundo que muchas veces premia la dureza, la frialdad y la velocidad de respuesta. En ese escenario, hablar de sensibilidad puede parecer fuera de lugar. Pero no lo es.
Actualmente convivo con cuatro pastor belga malinois, no son los primeros, algunos ya no están y no sé si serán los últimos. Muchas veces me han comentado eso de que son demasiado sensibles, como algo despectivo. Algo que ocurre con muchos otros perros de trabajo o deporte, ya sean individuos o razas pero… si algo me han enseñado o confirmado los pastor belga malinois es algo que tenía claro desde antes de conocerlos… y es que la sensibilidad no es fragilidad. No es debilidad. Y mucho menos es miedo.
La sensibilidad es un valor.
El valor de la sensibilidad es la capacidad de percibir de forma extrema y comprender un estado de ánimo, un modo de ser y de actuar, la naturaleza, las circunstancias y los ambientes… La capacidad de percibir con profundidad lo que otros apenas rozan: un estado de ánimo, una mirada esquiva, un suspiro contenido, un cambio sutil en el entorno, un olor, un pequeño movimiento que predice cosas.
Es estar en sintonía constante con lo que nos rodea.
Sentir más allá de lo evidente. Comprender sin necesidad de palabras.
Interpretar lo invisible. Acompañar con presencia. Responder con intuición.
Ser sensible no es llorar con facilidad. Ser sensible es tener una percepción afinada del mundo.
Es captar lo que no se dice. Actuar cuando nadie más se da cuenta.
Es preocuparse, colaborar, entregarse… sin esperar nada a cambio.
Es escuchar en profundidad.
Es inteligencia emocional en su forma más pura.
Y sí, se puede ser sensible y ser fuerte. La clave es tener herramientas para gestionar todo eso que percibes.
De hecho, quienes han aprendido a abrazar su sensibilidad, a comprenderla y canalizarla, son los más firmes, los más valientes, los más comprometidos.
La sensibilidad bien acompañada no resta: multiplica.
Porque transforma. Porque conecta. Porque da sentido.
Y si hay una forma viva de esa sensibilidad, como la de otros muchos seres vivos, es la de un Malinois.
Una raza que percibe antes de que tú seas consciente.
Que reacciona con precisión. Que no necesita palabras para entenderte, ni órdenes para entregarse.
Un Malinois no solo trabaja contigo: vibra contigo.
Un Malinois es sensibilidad hecha instinto.
Por eso, cuando hablo de la sensibilidad como un tesoro… Pienso en ellos, pero también en la de otros muchos de vuestros compañeros, seguro que le podeis poner nombre.
Porque la sensibilidad también puede tener cuatro patas, una mirada profunda y un corazón dispuesto.
Me quedo con una texto que me encanta:
“Great dogs are not often easy dogs. They have big egos, idiosyncrasies, quirks, and foibles. Dogs of a lifetime do exist, but only for handlers so skillful, tactful and courageous that they can unlock and reveal the brilliance of their canine partners”
“Los grandes perros no suelen ser perros fáciles. Tienen grandes egos, idiosincrasias, peculiaridades y sensibilidades. Existen perros únicos en la vida, pero sólo para adiestradores tan hábiles, sensibles y valientes que puedan desbloquear y revelar la brillantez de sus compañeros caninos.“
La frase refleja la idea de esos perros excepcionales, que marcan un antes y un despues en la vida de una persona, que solo aquellos que tienen las habilidades y la paciencia necesarias para comprender y aprovechar todo su potencial podrán experimentarlo.
Quizá sobre esto hable mas adelante…