No solo olemos rosas.

 

El olfato, ese sentido tan olvidado y subestimado, es en realidad una puerta mágica que nos conecta con el mundo de una manera íntima y profunda.

Históricamente relegado a un segundo plano, el olfato ha sido visto como menos importante que la vista o el oído. Sin embargo, este sentido químico, que detecta estructuras pequeñas y volátiles en el aire o agua, juega un papel fundamental en nuestra conducta y cognición, mucho más de lo que solemos imaginar.

Imaginemos por un momento que nos quitasen el sentido del olfato. Un estudio en Reino Unido revela que las personas con anosmia, la incapacidad de sentir olores, enfrentan problemas significativos en la alimentación, relaciones, y salud mental. La falta de olfato puede llevar a las personas a dificultades en la alimentación, aislamiento social, depresión y ansiedad, además de riesgos físicos como la intoxicación por alimentos malogrados o la fuga de gas. Esto subraya la importancia del olfato en nuestra vida diaria, en nuestra conducta social y en nuestra motivación para alimentarnos.

Pero además el olfato es un hilo invisible que nos ata al pasado y nos guía hacia el futuro. No es solo una herramienta para identificar aromas; es una brújula silenciosa que nos orienta en el mundo, un susurro de memorias escondidas y emociones profundas. El olor no es un objeto concreto, sino una puerta que se abre a posibilidades de acción: la nostalgia de una tarde de infancia, el deseo de acercarnos a alguien, el instinto de alejarnos de un peligro.

A diferencia de la vista o el oído, donde todo parece encajar en un orden claro y estructurado, el olfato es un enigma. Su mapa en el cerebro no sigue caminos predecibles; sus estímulos no se limitan a lo inmediato. Es el único sentido capaz de hacernos sentir el pasado, de permitirnos oler lo que ya no está. Una simple fragancia puede despertar una emoción con una intensidad que las palabras no logran alcanzar.

Y aunque en el mundo moderno hemos aprendido a depender más de lo que vemos y oímos, nuestro olfato sigue ahí, tejiendo nuestra percepción del entorno sin que apenas lo notemos. Nos alerta del peligro, nos guía hacia el placer, nos une a los demás en un lenguaje silencioso de feromonas y recuerdos compartidos.

Quizás, después de todo, la magia del olfato no reside en los olores en sí, sino en lo que nos hacen sentir y en las historias que nos permiten revivir. Pero imagina poder ir mas allá…

Para un perro, el mundo no es lo que se ve, sino lo que se huele, un soplo de aire contiene el relato de todo lo que ha sucedido en un lugar. Mientras los humanos se aferran a la luz y las formas, los perros caminan entre corrientes invisibles de información, descifrando historias con cada respiro. Un simple soplo de viento es un libro abierto, una huella en el suelo es un susurro del pasado, una ráfaga de aire trae noticias de lo que está por venir.

Imagina no oler cosas sino momentos.

Imagina que una rosa no fuera solo una flor bonita con un aroma agradable, sino un rastro de todas las manos que la han tocado, la memoria del agua que la alimentó, de la tierra donde hundió sus raíces, del aire con el que creció, de las manos que la cortaron. 

Imagina que un desconocido no fuera solo un cuerpo en movimiento; sino una biografía perfumada con todo lo que ha comido, con los lugares que ha visitado, con las emociones que lo habitan, su aroma delata si ha caminado bajo la lluvia, si acarició a otro perro, si lleva consigo la prisa o la calma.

Imagina que cada molécula en el aire fuera una historia. Poder oler la felicidad en la piel de alguien que regresa a casa, el miedo en el sudor de quien duda, la tristeza en la ropa de quien ha llorado. Oler la lluvia antes de que caiga, la enfermedad antes de que duela, la traición antes de que duela el corazón.

Imagina un mundo donde olores no fueran meros estímulos, sino mapas, recuerdos, advertencias… Donde fueran la brújula que nos guía en la oscuridad, el hilo que nos une a nuestra manada, el idioma que compartimos sin necesidad de palabras.

Los humanos hemos olvidado escuchar con la nariz, pero los perros todavía leen el mundo en cada brisa. Oler la alegría, el miedo, la enfermedad. Descifrar la vida en ráfagas de viento, en huellas imperceptibles, en murmullos de moléculas que cuentan historias a quien sabe escucharlas.

Porque donde las personas vemos calles y edificios, ellos huelen secretos. 

Mientras los ojos capturan formas y colores, el olfato esculpe recuerdos y emociones.

Un aroma puede ser un puente hacia la infancia, una llamada de alerta, o la promesa de algo nuevo. Un perro no ve un camino vacío: huele los pasos que lo recorrieron antes, las vidas que lo atravesaron, las historias que dejaron huellas invisibles en el aire.

No olemos objetos, olemos momentos. Porque donde los humanos ven calles y edificios, ellos huelen historias sin escribir.

Así que cuando un perro detiene su andar y cierra los ojos para aspirar el aire, no está perdiendo el tiempo: está leyendo el mundo.

2 comentarios en “No solo olemos rosas.

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